El asiento del acompañante

A mis 46 años, después de que ella se fuera con otro, mi auto se convirtió en mi único confidente. Recorría kilómetros sin rumbo, con la radio apagada. Un día, mi hija me dijo: «Papá, necesitas un acompañante de verdad». Me resistí, pero me apunté a la plataforma. Encontré a una mujer cuyo perfil decía: «Lo que más extraño es cantar en el coche sin que nadie se ría de mí». Le escribí: «Yo no me río, pero soy pésimo para las notas altas». El primer encuentro fue un lío. Quedamos en dar una vuelta, pero el tráfico era horrible. Ella, en vez de tensarse, puso música y comenzó a tararear. Ese pequeño gesto desarmó mi ansiedad. La plataforma nos había dado el espacio para ser torpes sin miedo al ridículo. Hoy, los fines de semana, ella maneja el volumen y yo el volante. Recorremos carreteras secundarias, y hasta me animo a corear algún estribillo. Sin aquel primer mensaje dentro de ese espacio digital, mi coche seguiría siendo una cárcel de recuerdos. La plataforma no me devolvió el amor perdido; me regaló la alegría de la ruta compartida.