La brújula desorientada

Mi divorcio me dejó sin brújula. A los 58, todo lo que creía seguro se había esfumado. En la plataforma, ponía: «Busco conversación, no promesas». Él respondió: «Puedo ofrecer café y buenas preguntas». Fue honesto. Nuestras charlas giraban en torno a cómo reorientar una vida. La plataforma era nuestro mapa de exploración seguro. El conflicto fue un simple domingo. Él hizo planes; yo, acostumbrada a la inercia, cancelé. Le dije que no estaba lista. Su respuesta, por la plataforma (nuestro canal de paz), fue: «Te espero cuando sí lo estés». No me presionó. Esa libertad fue un regalo. Cuando al fin salimos, fue como retomar una conversación pausada. La plataforma nos había enseñado que el «no» era respetable y el «sí» debía ser genuino. No nos empujó a una relación; nos dio las herramientas para construir una a nuestro ritmo. Ahora, cuando me siento perdida, no miro al horizonte, miro a su lado. La plataforma no fue el destino, fue la brújula que nos ayudó a encontrarnos el uno al otro en medio de la niebla.