En modo avión

Viajaba por trabajo constantemente, huyendo de una casa vacía. A los 57, me uní a la plataforma desde aeropuertos, buscando quizá un destino diferente. Conocí a una mujer que amaba su ciudad, su rutina, su jardín. Todo lo contrario, a mí. Empezamos a hablar porque ella quería «oír historias del mundo» y yo necesitaba «un lugar al que volver». La platafera era mi único puerto constante. El conflicto era inevitable: mi siguiente viaje largo. Temí que la distancia digital, una vez física, nos rompiera. Ella me propuso un juego: yo enviaría una foto de algo bello cada día; ella, una de su jardín. La plataforma se convirtió en nuestro álbum compartido. No fue la ausencia lo que nos separó, sino ese hilo constante lo que nos unió. Cuando por fin estuve un mes entero en la ciudad, no fue raro. Llegué a su puerta y su jardín era ya familiar. La plataforma nos permitió construir una cercanía emocional antes que la física. Ahora, todavía viajo, pero tengo un hogar al que enviar fotos. Ella me enseñó que echar raíces no es quedarse quieto, es tener un suelo afectivo al que regresar.