Mi corazón llevaba ritmo de bolero triste después de mi separación. A los 53, mis amigas me metieron en la plataforma. «Busca alguien con tu misma música», dijeron. Pero encontré a un tipo cuyo perfil decía «rock clásico y silencio». Un desastre. Sin embargo, su primer mensaje fue un enlace a una canción. «Esto me hizo pensar en algo que dijiste». Fue un gesto íntimo y seguro dentro de ese espacio. Creamos una playlist colaborativa a distancia: yo ponía un soul, él respondía con un rock. El conflicto surgió cuando, en nuestro primer concierto juntos, él quería estar cerca del escenario y yo al fondo. Mi miedo a la multumba chocó con su estilo. Pensé que no funcionaría. Pero, en el intermedio, él me buscó, me llevó a un lugar con mejor vista y menos agobio. Había entendido. La plataforma nos había enseñado a escucharnos, literalmente. Esa playlist que empezó digital, ahora suena en el auto en nuestros viajes. La plataforma fue el altavoz que amplificó lo esencial: no era tener los mismos gustos, sino la voluntad de escuchar la melodía del otro.