A los 52, mi vida era una lista de tareas: trabajo, hijos, supermercado. El amor era un recuerdo lejano y doloroso. Un amigo me insistió en que me uniera a la plataforma. «No es solo para citas», dijo, «es para conocer gente». Y así fue. Conocí a una mujer cuya pasión era el mar. Yo, que le tengo pánico al agua. Nuestras primeras charlas fueron sobre ese contraste: su libertad contra mi miedo. La plataforma nos permitió reírnos de ello, sin presión. El conflicto llegó cuando me invitó a la playa. Vi las olas y quise huir. Me sentí viejo, torpe. Pero ella no buscaba un surfista, solo quería compartir su mundo. Se sentó conmigo en la arena, y hablamos por horas, como ya lo hacíamos en la app, pero con la sal en la piel. Ese día entendí que la plataforma no nos unió por lo que teníamos en común, sino por el respeto con el que mostramos nuestras diferencias. Ahora, yo llevo la sombrilla y el termo, y la aplaudo desde la orilla. Ella me enseñó que reconstruir una vida no es borrar los miedos, sino encontrar a alguien que no te juzgue por tenerlos.
