Soy escritora. A los 51, tras perder a mi compañero de vida, las palabras habían huido de mí. Me inscribí en la plataforma como un ejercicio de personaje: «observar diálogos reales». Él era un carpintero, de frases cortas y llenas de puntos suspensivos. Le intrigó mi perfil de «narrativa». Empezamos un intercambio absurdo: yo le describía un objeto y él me decía de qué madera lo construiría. La plataforma era nuestro cuaderno de borradores. El conflicto llegó cuando quise conocerlo. ¿Y si la persona real no estaba a la altura de la construcción poética? Al verme, se quedó mudo. Luego, sacó de su bolsillo un pequeño trozo de cedro labrado. «Para ti… por si las palabras faltan…», dijo. Fue la frase más elocuente que he oído. La plataforma nos había dado el ritmo lento, los espacios en blanco (los puntos suspensivos) necesarios para dos corazones con heridas a medio cerrar. No llenó mis vacíos con ruido; los llenó con una presencia serena. Ahora, escribo de nuevo. Y a su lado, en silencio, oigo el ritmo más bello: el de otra persona respirando en sincronía.